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Enseñar en el siglo XXI

La enseñanza es quizás una de las prácticas más difundidas y habituales existentes en una sociedad. Todos “enseñamos” de alguna manera y todos hemos pasado por procesos más o menos formalizados o institucionalizados de enseñanza.

Como toda otra práctica, la enseñanza no puede ser concebida ni comprendida fuera de un contexto socio-histórico y cultural que la constituye y que a su vez es modificada por ésta, en un proceso dinámico y cambiante. Por tal motivo, hablamos de enseñanza en general para referirnos a una práctica que tiene como particularidad el hecho de que pone en contacto a diferentes individuos o generaciones, cada uno de ellos “poseedor” de destrezas, habilidades o conocimientos, que su interlocutor no “posee” y que está interesado o destinado a poseerlos. A partir de esta definición, que intenta ser muy básica y genérica, podremos decir que existen tantas “enseñanzas” como sociedades, culturas, épocas históricas, destinatarios y demás variables que conforman un contexto particular y cambiante.

Cuando pensamos en la enseñanza del siglo XXI, tal el objeto de nuestra reflexión, no podemos dejar de situarla en un contexto caracterizado por el lugar privilegiado que ocupa el conocimiento, la irrupción de las tecnologías de la información y de la comunicación, por el nacimiento y evolución de los procesos de alfabetización digital, y por la abundancia de las redes sociales virtuales, que han modificado en forma sustantiva los hábitos y modalidades de vinculación de los individuos.

En este artículo me voy a referir brevemente a algunas características de esta época, que resumo en tres “excesos”, cuatro “ilusiones” y tres “lenguajes” a ser considerados en nuestras prácticas.

Para comenzar, es menester que, junto con todas las ventajas derivadas de la era digital – fácil acceso a la información, comunicación inmediata e ilimitada, utilización de herramientas multimediales – seamos conscientes de los problemas de cada uno de ellos, a los que denominé los “excesos”:

En primer lugar, el “exceso de información”: la información abunda en la red, pero, ¿es esta una buena noticia? No necesariamente. La abundancia de información irrelevante, inexacta e injuriosa[1] es una luz de alarma en cualquier proceso educativo en el cual pedimos a nuestros alumnos que “busquen información” sobre tal o cual tema.

El “exceso de comunicación”, muy vinculado al primero, es el segundo exceso. La comunicación es necesaria y puede ser utilizada positivamente en cualquier práctica, pero la inmediatez, la exposición de nuestros niños y jóvenes al ciberespacio y simplemente, las distracciones ocasionadas por aquellos que buscan contactarnos, es otro aspecto a considerar.  El tercer exceso es el “exceso de autonomía”, es decir, la ilusión de que nuestros jóvenes, nativos digitales, siempre podrán manejarse en el espacio virtual en forma independiente y mejor que nosotros mismos. La práctica y la investigación demuestran que un adecuado acompañamiento y guía del docente son todavía imprescindibles.

Los tres excesos nos llevan a las cuatro ilusiones: la ilusión de la accesibilidad, que nos revela que no todos acceden – por sus conexiones, equipos, software caduco o simplemente porque no “se arreglan”; la ilusión de la enseñanza, que nos revela que Internet y la web 2.0 ayudan, pero no resuelven y menos garantizan que podamos enseñar más y mejor…; la ilusión del aprendizaje, que nos revela que no por usar asiduamente el ordenador o el tablet o el smartphone, el niño aprenderá más fácilmente. El aprendizaje es un proceso lento, costoso e individual, el entorno digital ayuda pero no reemplaza el esfuerzo del sujeto que aprende; y la ilusión de autonomía… que es producto de aquel proceso y no se logra en forma automática.

Llegamos entonces a los tres “lenguajes”, que recomendamos considerar en nuestras prácticas. Denominaré a estos lenguajes, el lenguaje de las nuevas editoriales, el lenguaje digital y el lenguaje global.

El primero de ellos da cuenta de un fenómeno nuevo-viejo, que es el de la hegemonía de las editoriales sobre los planes de estudio. En la década de los 70-80, nos preocupaba que las grandes editoriales hegemonizaban los planes de estudio, mediante producciones masivas y aún legitimadas de materiales de enseñanza, evaluación y ejercitación que reducían el rol del docente al de un mero ejecutor. Hoy las editoriales no han desaparecido, pero han dejado en parte su protagonismo a lo que denominé las nuevas editoriales; Google, Facebook, Twitter, Blogs, y demás espacios compartidos de producción y comunicación que imponen no solamente contenidos sino una determinada manera de indagar, publicar, investigar y producir conocimientos. Estas nuevas editoriales requieren de un cuidadoso tratamiento por parte de los educadores, siendo que un buen aprovechamiento del medio puede contribuir a una práctica genuina en los nuevos entornos que surgen a diario. El segundo lenguaje, íntimamente vinculado al primero, es el denominado lenguaje digital: este lenguaje incluye al escrito y lo supera en riqueza (textos en formatos diversos como audio, video e imagen), en profundidad (el hipertexto permite que detrás de una sola palabra pueda esconderse un mundo entero) y en flexibilidad (el texto digital puede reproducirse creativamente, modificándolo en forma individual o cooperativo). Un adecuado uso de este lenguaje es crucial para una buena práctica. El tercer lenguaje es el lenguaje global: en este momento en el que escribo este artículo, son las 9.36 AM, en mi apartamento en Raanana – Israel. Al hacerlo, procuro explicar mis reflexiones a un lector desconocido, alguno es un estudiante de algún curso que he brindado o estoy brindando, otro es estudiante de otros cursos que superviso, otro es un docente interesado, al que le llegó este artículo por las redes… En fin, el docente debe “pensar” hoy global y transnacional, sus prácticas exceden el aula porque tiempo y espacio se han transformado y los límites se han difuminado.

Los tres lenguajes, no referidos o ignorados, pueden convertir al siglo XXI en un nuevo espacio de prácticas rutinarias, en las cuales la brecha dígito-pedagógica se amplía generando nuevas frustraciones y desazones en ambos lados del escenario educativo. Los tres lenguajes citados, bien usados potencian al educador y a la enseñanza, produciendo lo que he denominado la “enseñanza aumentada”.

 

Marcelo I Dorfsman

[1] Ver Burbules & CalIister, “Riesgos y promesas de las nuevas tecnologías de la información”

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